Hay historias que no caben en una carta ni en una reseña. La de Grupo Rosales es una de ellas.
En 2025, la publicación «Familias Emprendedoras con Historia», editada con el respaldo del CSIF Córdoba, dedicó un reportaje completo a la saga Rosales Arjona: la familia que, desde los años sesenta, ha convertido tres restaurantes del barrio de San Basilio en una referencia de la gastronomía cordobesa y en uno de los proyectos hosteleros más sólidos de la ciudad.
El reconocimiento no es un premio al uso. Es algo más íntimo: la constatación, en negro sobre blanco, de que detrás de cada plato de rabo de toro, de cada patio con olor a jazmín, de cada mesa compartida en La Posada, en Puerta Sevilla o en La Viuda, hay una historia familiar que merece contarse.
El origen: un muchacho de Ciudad Real y una peluquera de barrio
En 1949, un niño de 14 años hizo el camino desde su pueblo natal en Ciudad Real hasta Córdoba. Se llamaba Alberto Rosales Ortega, y había quedado huérfano de padre. Vino a trabajar con su tío en el Bar Rosales, frente a la antigua plaza de toros de la ciudad. Aquel modesto establecimiento supuso el punto de partida de una vida marcada por la constancia, el esfuerzo y la visión de futuro.
En el barrio de Olivos Borrachos conoció a Antonia Arjona Galán, peluquera que peinaba a su madre. Así se cruzaron sus caminos. Se casaron el 12 de abril de 1964 y fue entonces cuando empezaron su vida profesional juntos.
Ese mismo año abrieron el Bar Crismona, en el Sector Sur — el local que en 1987 pasaría a llamarse Restaurante Costa Sur y que se convertiría en el germen de todo lo que vino después. Pero antes de eso, Alberto ya había dado sus primeros pasos en solitario: en 1960 abrió el exitoso Bar Terraza, con la colaboración de su madre, Concha Ortega.
Desde que se casaron, lo construyeron todo juntos. Antonia sostenía el negocio desde dentro, en la cocina, en la mantelería, como prolongación natural del hogar. Alberto ponía en pie lo que sería el germen de un grupo hostelero que hoy da empleo a más de 55 personas.
El libro recoge unas palabras de Alberto que lo dicen todo: «Todo es posible si se hace con pasión, con sencillez que siempre te acompaña, con el poder de los sueños».

Décadas de crecimiento: del marisco al corazón de San Basilio
Con los años, Alberto fue ampliando horizontes. Inauguró establecimientos como El Faro y La Bahía en la década de los sesenta, y en 1975 abrió el Restaurante Costa Sol en Ciudad Jardín. Pero quizá lo más significativo de aquella época fue una apuesta que entonces parecía descabellada: traer marisco a una ciudad de interior.
Almejas, mejillones, producto de mar en el corazón de Andalucía. «Eso no lo ponía nadie en Córdoba. Venía gente de muchos barrios», recuerda Antonia. Las cáscaras de marisco, cuentan entre risas sus hijos, aparecían años después cuando se removía la tierra en obras cercanas. Alberto se convirtió así en uno de los pioneros de la hostelería cordobesa en apostar por la incorporación del marisco — un gesto que en su momento resultó tan arriesgado como innovador.
Su relevancia en el sector fue creciendo a la par que sus negocios. Llegó a ser presidente de Hostecor y de la Federación Andaluza de Hostelería, lo que le valió el reconocimiento al Mérito Turístico en 2006.
En 1999 nació Restaurante Puerta Sevilla, en San Basilio. En 2001, Taberna La Viuda. Y en 2012, la tercera hija del matrimonio, Isabel, se puso al frente de La Posada del Caballo Andaluz, reforzando la cocina tradicional y el concepto de casa de comidas con recetas heredadas de madres y abuelas.
Alberto falleció el 2 de septiembre de 2024. Fue reconocido por la Federación Andaluza de Hostelería como un visionario, pionero y referente del sector en Córdoba. En 2025, el grupo le rindió un homenaje póstumo poniendo su nombre a una calle. Una vida entera de entrega convertida en legado.
Antonia: el pilar invisible
Antonia Arjona Galán comenzó a trabajar con apenas 13 años. Aprendió el oficio de peluquera, montó su propio negocio en el barrio y sostuvo a su familia cuando su padre sufrió un accidente y la paga familiar se quedó pequeña.
Cuando se casó con Alberto, lo dejó todo claro desde el principio: «Yo iba a poner mi peluquería, pero Alberto me dijo: «Toñi, tú me ayudas a mí». Y yo lo vi claro. Cada uno por un lado no tenía sentido. Así empezamos juntos».
Hablar de aquellos comienzos es hablar de esfuerzo constante. No había lavavajillas, ni cámaras modernas, ni maquinaria que facilitara el trabajo. «Había que limpiar mucho, recoger mucho. Los platos se lavaban después del servicio y los manteles se secaban en casa». Pero también es hablar de ilusión.
Cuando empezó, la presencia femenina en la dirección hostelera era escasa. Antonia lo tenía claro: «Yo estaba en un segundo plano, pero un plano bueno. Nadie me decía nada. Lo hacía porque quería». Alberto siempre le dio su sitio. Trabajaba en cocina, organizaba, limpiaba, resolvía. Sostenía. Fue una pieza clave en la estructura invisible que mantiene vivo cualquier negocio familiar.
Si tuviera que definir aquella etapa en una palabra, probablemente sería «felicidad». Una felicidad construida desde lo sencillo, desde el barrio, desde el contacto diario con los clientes que acababan siendo amigos. «Por la noche nos sentábamos en la puerta. Los vecinos charlaban hasta tarde y los niños jugaban en la calle. Yo era muy feliz».
La segunda generación: cuatro hijos, un solo propósito
Los hijos de Alberto y Antonia — Alberto, José, Isabel y Paco — crecieron entre mesas y fogones. Terminaban el colegio y ayudaban en el negocio. «Han sido muy buenos. Han estudiado y han trabajado. Desde pequeños sabían que el trabajo era sagrado», recuerda Antonia.
El padre era exigente: «No quería a los niños detrás de la barra jugando. Había que respetar el oficio». Aquella disciplina marcó a la segunda generación. «Nos han inculcado que con el trabajo no se juega», explica Isabel. «Esa profesionalidad la llevamos dentro».
El libro retrata cómo, a lo largo de más de seis décadas, el Grupo Rosales fue creciendo sin perder lo esencial: las recetas transmitidas por la abuela Antonia, la cocina cordobesa de siempre, el trato cercano al cliente. Fueron los hermanos quienes, en 2022, abrieron sus puertas a la tercera generación con una idea clara: «No queremos hacer más de lo mismo. Queremos ofrecer una experiencia única».
Antonia lo resume con la misma sencillez con la que lo vivió: «Yo no pensaba en hacer algo grande. Pensaba que el futuro estaba ahí y que era el pan de mis hijos». Nunca hubo obsesión por el tamaño, sino por la estabilidad, la dignidad del trabajo y la continuidad.
Belén Rosales: el alma del grupo
Entre los miembros de la familia, el libro destaca especialmente a Belén Rosales, hija de Paco. Joven, con discapacidad, su historia es una lección permanente de superación. Su alegría, su autonomía, su capacidad para convertirse en referente para todos, enorgullece al grupo y a quienes la conocen.
«Es nuestro ángel», dicen.
Tres restaurantes, tres formas de contar Córdoba
El reportaje del libro describe el ecosistema del grupo con precisión: tres restaurantes que comparten raíces pero que ofrecen experiencias distintas, que no se copian entre sí, que hablan de Córdoba desde ángulos diferentes.
Restaurante Puerta Sevilla situado en pleno barrio de San Basilio y junto a la histórica Puerta de Sevilla, representa la cocina cordobesa más cuidada y elegante. Su patio y salones, llenos de historia, lo convierten en un espacio especial para disfrutar de la gastronomía tradicional de Córdoba, elaborada con producto de calidad y una atención cercana y profesional.
La Posada del Caballo Andaluz situada junto a las Caballerizas Reales de Córdoba, es una auténtica casa cordobesa con diferentes salones, patio y terraza, donde se recuperan las recetas de nuestras abuelas y el sabor de la cocina de siempre. Una propuesta cercana y tradicional, ligada a Córdoba y a Andalucía, pensada para disfrutar sin prisas en un entorno acogedor y lleno de encanto.
Taberna La Viuda conserva la esencia de las antiguas tabernas cordobesas. Un establecimiento con personalidad propia, ambiente castizo y una cocina creativa que parte de las recetas tradicionales y los sabores de nuestra tierra para darles un toque actual. Un lugar auténtico, cercano y lleno de vida, en el corazón del barrio de San Basilio.
Compromiso con la ciudad y con las personas
El libro también recoge la dimensión social del grupo. Grupo Rosales desarrolla una política activa de Responsabilidad Social Corporativa: colabora con entidades como la Hermandad de la Pasión de San Basilio, ACOARE y Cáritas Sagrario. Participa en la Asociación de Patios de San Basilio. Impulsa iniciativas de inserción laboral a través de la Fundación Marcelino Champagnat y FEPAMIC, favoreciendo la contratación y formación de personas en riesgo de exclusión.
Asimismo, apuesta por el bienestar interno de su equipo: programas de formación en liderazgo e inteligencia emocional, y una estrategia empresarial orientada desde 2022 al fortalecimiento de los valores y la cultura corporativa.
Antonia lo dice a su manera, con la misma naturalidad con la que lo vivió: «No eran empleados de un día. Eran familia. Iba a las comuniones de sus hijos, llevaba regalos cuando nacía un niño, me interesaba por el colegio. Tienes que conocer a las familias, tratarlas bien. No es solo pagar y que se vayan. Eso es bonito».
Tres generaciones, un mismo norte
La primera en incorporarse fue Elena, hija mediana de Alberto, actualmente responsable del área de Recursos Humanos y de la gestión del personal del grupo.
Con la llegada de Ana, hija mayor de Alberto, el grupo sumó en 2022 una nueva mirada estratégica. La Joya de los Patios — apartamentos turísticos que Ana lidera en el barrio — es una muestra de cómo los Rosales han sabido diversificar sin perder nunca la esencia cordobesa que los define.
La incorporación más reciente ha sido la de Beatriz, hija mayor de Isabel, que representa ya a la tercera generación de la familia. Desde el área comercial, de eventos y comunicación, contribuye a acercar los diferentes negocios del grupo a clientes, empresas y visitantes, manteniendo vivo el vínculo con Córdoba y con el barrio que los vio crecer.
Hoy, Grupo Rosales cuenta con más de 55 trabajadores, tres restaurantes con personalidad propia y un proyecto en marcha: convertirse en una casa emblemática de San Basilio, referente para las próximas generaciones.
El libro lo resume mejor que ninguna nota de prensa: son una empresa familiar que narra, desde las mesas servidas con cariño, desde las cocinas que huelen a tradición, una vida de esfuerzo, pasión y herencia. «La excelencia gastronómica de la ciudad», escriben sus páginas.
Nosotros simplemente añadiríamos: y mucho corazón.
Y el secreto, según Antonia, es sencillo: «El cariño y la buena relación. Nos hemos querido mucho y eso se lo hemos transmitido a nuestros hijos». Ese es, quizá, el verdadero legado.
¿Quieres vivir de cerca esta historia? Reserva tu mesa en Restaurante Puerta Sevilla, La Posada del Caballo Andaluz o Taberna La Viuda y descubre lo que significa comer en una familia con historia.


